Querido(a) Amigo(a):
Deseo compartir con Usted, las reflexiones acerca de una historia, que un conocido me contó, y que me sirvió de inspiración para escribir el siguiente cuento, en el que pretendo adentrarme en lo más profundo del hedonísmo moderno y romántico, intento frenético de escapar de las limitaciones del cuerpo y de las emociones, y que nadie exaltó más que Oscar Wilde, ni versificó mejor que Lord Byron, y que toma vigencia de nuevo, en este otro “fin de siglo”.
“ RELATO DE ALGUNAS DE LAS AVENTURAS Y CONGOJAS DEL NOBLE ESCUDERO Y MAESTRO, EL BARÓN DE LA SALAMANQUEJA Y DE SU ARISTOCRÁTICO SEÑOR, EL IRREPETIBLE CONDE DRACOI”
En aquel aciago día, húmedo y gris, el hombre más “in” de este oriente, según los calificativos empleados por su noble escudero, quién de él decía, era el más increíble, inmenso, irrepetible, incorregible, inviolable e innombrable, hombre de su época, el famoso Conde DráCoi estaba inquieto; esa tarde no se hallaba en sí.¡Quería que le trajesen más sangre que de costumbre!; sangre de hermosa y blanca juventud, lampiña y de contornos curvos, definidos, macisos y rellenitos, de preferencia azul, más que bermeja o purpurina, porque la tentación por un cuerpo así era tan grande, que el único medio que tenía para calmarla, era ceder a ella, dado que sabía, que posponer un placer, solo servía para volverlo una obsesión, que la moderación en el goce sensorial o en el placer intelectual era algo fatal para el espíritu libre, y que para mantenerse siempre joven, debía repetir, con frecuencia, sus locuras de adolescente, manteniendo la curiosidad que desde niño tenía por conocerlo todo, niño que nunca quiso, por ningún motivo, dejar de ser.
Esta sed del vital, viscoso y jóven fluido, y de la emoción intelectual por lo novedoso, era más fuerte que nunca, quizás como una manera de compensar, que todos sus títulos mobiliarios e inmobiliarios y demás intereses sociales, estaban depreciados por la crisis, que no respeta rango ni condición y que alcanzó a tocar al distinguidísimo noble, que “es-conde” tras de sus truculencias genealógicas, abolengo y privilegios, una actitud de búsqueda obsesiva del placer, de la belleza y del conocimiento, más no de la felicidad, pues como hombre práctico que se precia de ser, se centra en la realidad y sabe que no se puede vivir de ilusión, entendiendo que disfrutar de una cosa o de otra es solo cuestión de gusto o de preferencia, que no tiene nada que ver con la ética o con moral y que tanto a El como a sus pares, bien les cae al paladar, un coctel de ostras o el disfrutar de un buen un ceviche de camarón, o si se puede, de toda una cazuela de frutos del mar, y eso no les hacía ni mejores, ni peores, ni distintos que los demás, si bien ante los ojos farisáicos de algunos de sus familiares y conocidos, su forma libre de ver la vida, parecíales reprobable; es que la familia y la pequeña sociedad le perdonan a alguno de sus miembros cualquier cosa, "menos el ejercicio pleno de su libertad", por que no soportan que alguien no sea esclavo de los prejuicios, conveniencias y pareceres, como ellos.
Al conjunto de soberbias edificaciones, cuyas terrazas y picos alzábanse desafiantes hacia el cielo, ubicadas en la cima de la montaña, desde la cual se contemplaba toda la “comarca del pingo y la culona”, y que conformaban el espléndido castillo del Conde Drácoi, les cubría una densa y perfumada neblina vesperal, que ocultaba parte del majestuoso edificio, de diseño sin defectos en su concepción, que le había valido los calificativos de “ grande, noble, bello y espléndido lugar”.
Y en su interior, de lujo sin ostentación, encontrábase lo mejor del arte, el ateneo de la cultura, las más exquisitas atenciones a los amigos, y lo peor de las miserias, infligidas a los envidiosos, enemigos del amo del lugar, que adornado con infinitas dotes físicas e intelectuales, inteligencia superior y mente abierta, considerábase por sobre todo, un hombre libre y de cultura universal, enamorado de la búsqueda de la belleza, del conocimiento y del placer, actividades que le permitían sentirse compensado y conforme consigo mismo, que era su ideal de “estar bien”.
El Conde Dracoi, no manifestaba respeto, ni temor por las costumbres, máxime cuando de prejuicios relacionados con la intimidad o con la personalidad se referían, dado que por ser poseedor de una fría claridad intelectual, desdeñaba las creencias y superficialidades que la mayoría de la gente acepta como primordiales en su vida; por ello se divertía, disfrutando intensamente de los procesos y de los escándalos ajenos, ya que los propios no le interesaban, por carecer de ese ingrediente que despierta la curiosidad y el encanto, que es la novedad.
Es que el Conde y su escudero, trataban de elaborar un esquema para vivir la vida, con una filosofía basada en la razón, pero que encontrase en la exaltación de los sentidos y de la creatividad, su más alta realización, en la que el placer, el conocimiento y la belleza fueran sus características dominantes.
Su curiosidad por conocer la intimidad y el pensamiento de los huéspedes del castillo le provocaba placeres intensos y un gran morbo, saludable a su espíritu, necesitado de emociones fuertes, lo que le llevó a desarrollar un delirio voyerista psicoanalítico, fruto de su curiosidad por todo lo físico y lo psíquico, que le hizo bautizar aquel lugar, como el “castillo de GUADALQUIVER”, en donde pasaba las horas inventado toda una maquinaria de espionaje y de desenmascaramiento psicológico, que le permitía traspasar máscaras, mecanismos de defensa, ropajes, orgullos, paredes, puertas, cortinas, ventanas, claraboyas, espejos, tapices y conciencias, recreándose intensamente con espectáculos espontáneos, y reacciones psicológicas, a veces tan surrealistas, como su curiosidad insaciable, incuantificable e incalificable.
Estos espectáculos ofrecidos por gentes del vulgo, o incluso por algunos extranjeros a quienes invitaba al castillo, volviéronle famoso entre los demás aristócratas libre pensadores y ajenos al prejuicio y al pudor, que al igual que él, “jamás se negaban a experimentar un placer nuevo”, ya que sabían que solo el placer diferencia al hombre civilizado del salvaje, que no va más allá del instinto, y que acudían en las noches sin luna, aprovechando la oscuridad, a compartir con el Conde, las deliciosas frases e imágenes, que ante sus ojos, oídos y mentes se brindaban, sorbiendo el placer y la excitación que les producía, el que los actores de tanto deleite eran ajenos al hecho de estar siendo oídos, observados y psicoanalizados, y al hipotético peligro que representaría para los anfitriones y sus invitados especiales, en medio del juego, verse descubiertos.
Estos frecuentes encuentros, plenos de sensibilidad y de razón, cuyos participantes experimentaban la libertad de abrir los brazos y elevar la cara, ya sin máscaras, de frente a los astros del firmamento, y sentir la “experiencia de ser”, solo eran suspendidos por breve lapso, durante la temporada de las felices visitas de Lady Lelis, su divina hija y gran amor, único fruto de su matrimonio con la dignísima Marquesa de “la Loma en Flor”, quien cual encantadora jovencita, alegraba la vida de su padre, quién la adoraba con razón.
Esta mujercita, desde muy jóven había demostrado una gran sensibilidad por las artes y un goce supremo en el ejercicio de la libertad, herencia de su padre, y la elegancia, porte y distinción, atributos que también sobraban a su madre.
También se paraba la diversión, durante las esporádicas e infrecuentes visitas de la Dama de Hierro, la Condesa de Santani, Tenjo y Nemocón, mujer de excelsa belleza, disciplina y solidez, madre del Conde, a la que no se le notaba ni un solo signo de vejez, y a quién parecíanle las personalidades de Drácoi, libre sobre toda cuestión, la de su padre, arriesgada, como que piloteaba su propio avión, y la de su hija, una loca de sensación, motivos de inquietud y turbación, dado que Ella era una dama de alta alcurnia, decencia y tradición.
El sitio preparado como escenario y laboratorio para estas presentaciones era el “cuarto cuarto”, sobre la cochera, en un nivel intermedio, de los de cada uno de los pecados capitales del castillo de la cima de la montaña, cuyo lago de aguas en calma, reflejaba no solo la luz del firmamento en las noches de luna sino en el día, la perfeción del Conde, cuya aura, atributos físicos y rasgos de personalidad, que sin lugar a dudas eran heredados de su padre, el Conde de “Alvania y del azul mar”, señor de los cielos y de la veloz emoción, quién a su vez, heredolos del suyo, el Señor del Manchón y de la Razón, atleta, pintor, filósofo y masón, y de su abuelo, Don Carlos, Infante de Castro, Marqués de la minas de Marisancena y Bojacá, jurisconsulto e historiador, hombre ilustrado, escritor culto, loco y bribón, padre del Pollo, de Mimilla, de la Chata, quién dio tanta lata, de Maruja y de la divina Mamayí, la abuela del Conde y quizás, su segunda madre, pues a ella fue a la que más amó, ya que lo crió y siempre, en todo le apoyó, casi malcrió, y a quién sin duda debe gran parte de lo grande, libre y sabio que hoy es.
Dícese del Conde Dracoi, que el solo mirarle producía placer, pues considerábanle “el hombre más divino de la aristocracia y de la tierra”, según palabras de Lady Sarah, de los últimos veinte años, su habitual, más no su única concubina, quien esporádicamente le acompañaba, ya que el Conde sabía sentirse feliz con cualquier mujer, siempre y cuando, no la amase y ella no se apegase, ni sufriese por él, motivo por el cual no tenía a ninguna persona que fuese “alguien” que significase todo en su vida, sino muchas “nadies”, que solo le acompañasen de cuando en cuando, dado que estaba convencido de que una relación de compromiso, acaba con la libertad, sin la cual él no vive, y de que en la variedad está el placer.
Estas son las razones que le hicieron deshacer sus compromisos con bellas doncellas del lugar, como fueron, la divina Fabiolita del bien Ver, la desnarigada del Pilar del Enano, Lady Claudell del bufet del Ganado, con Lady Tati del buén Barrer, con “la Loca” del pincel en la mano y con Doña Lulýa del buén Camino, toda pureza, belleza y Candor, de la Matilda siempre lista, de la Mery del Cantor, así como el haberse alejado de la vecina de la imagen bendita, de la Tía de la Reina, de la Reina de la Colmena, y de otras distinguidas doncellas más, puesto que había dejado de creer en el amor platónico y en la relación del compromiso “para siempre” ideal, luego del fracaso de su matrimonio, contraído en su juventud, y de los pésimos ejemplos que vio y vivió entre los de su familia y entre sus amigos, y por que no, del dolor que le produjeron los rechazos de sus grandes amores imposibles, como los de Lady Elvira del Herrador, de la princesa Isabella del Buén Comer para después Correr; de ese incierto y aunque doloroso, muy intenso y secreto, del dulce y mas loco, intenso, exitante, fuerte, prohibido y bello amor prestado, su amadísima tesorito, que por no querer ser libre y preferir seguir con alguien a su lado, no pudo ser, y por el dolor que le produjo la ascención al paraiso terrenal, de Lady Elizabeth, “su Elisa”, Froenlain del Martillo Largo, su mas romántico, grande y puro amor, quién ebria de confusión, y presa de su pasado de desencanto y desesperación, se refugió en un grupo de oración, cayendo por milagro, en alas y brazos de un “ divino pastor”.
Por años el Conde y su noble escudero, el Barón de la Salamanqueja, vieron, oyeron y supieron de todo lo posible e imaginable; de las lenguas sobre las lenguas, de las lenguas sobre las cosas y las cosas bajo las lenguas, de las cosas sobre las cosas y tras las cosas, y muchas cosas de cosas, de cuanto placer íntimo, húmedo, cálido, gélido o sensual pudiere existir o inventarse nunca más, y pensaron, dijeron y oyeron, todo de cuanto tema pudo escribirse, pensarse o saberse jamás.
Dentro de la interminable lista de espectáculos y desmanes observados, o protagonizados por el Conde, o sus invitados, y conocidos por su vecino y mejor amigo, el noble hidalgo Sancho de la Cadena y Mantilla, está uno no olvidado, por la infrecuencia de la ocurrencia de actos similares, que a confusión pudieren prestarse.
Fué protagonizado por “el Barón de la Salamanqueja”, conocido como “el maestro”, por su idoneidad, en cuanto a lo que hace con las manos se refiere; arquetipo del ser que no tiene enemigos, pero que suele hacerse detestar a fondo, de cuando en cuando, por sus amigos; personaje medieval, cuya presencia, imposible de olvidar, parecía sacada de un cuadro pintado a dúo por El Bosco y por El Greco, descendiente de púrpureo linaje arzobispal, esperpento de elevado talle, con una naríz de garfio tan caída como su reputación, sus hundidos ojos inyectados y ojerosos, y su tez cerea y macilenta, conferíanle un aspecto, de una fealdad tal, que no se prestaba a equívocos, independientemente del esquema utilizando para evaluarla; mezcla de gigante y de monstruo, cuyo aspecto de sátiro trasnochado y misterioso, no le impedía considerarse de nobleza vergonzante, pero esperanzada, en que el fallo, tanto tiempo esperado, le reivindicase el nombre, el oropel y la fortuna perdidos, generaciones irreconocidas, tiempo atrás.
Pero aún así el Conde lo prefería, porque veía lo que detrás de esa facha se escondía, y era genio, nobleza, dignidad e hidalguía.
El Barón de la Salamaqueja podía respirar en las más altas cumbres, tanto como en los más bajos fondos, parecería como si su apelativo, le hubiese dotado de las cualidades del real bactracio, y entre intriga e intriga, ganábase la vida, a veces, como retratista de los ricos de turno del lugar, soñando con un día convertirse en el artista de moda, y que cuando al fin hiciese algo fantástico, ese algo alcanzara, asi fuere por un instante, la universalidad que lo volviera inmortal.
Una noche, oscura como pocas, hallábase en Conde Dracoi en compañía de la bella, aunque ajada, Lady Claudell, cuando recibió la visita del hidalgo vecino Don Sancho de la Cadena y Mantilla, a quién acompañábale la criatura más repugnante que “el maestro”, que también se hizo presente esa noche, hubiere visto jamás.
La observación de ese “otro ser enorme”, blanco, rechoncho, blando, fofo, baboso y tuerto, parecía contradecir la evolución de las especies, pués hasta ese momento nadie había pensado que el hombre descendiese de algún cetáceo, del manatí o de la morsa; y qué decir de su comportamiento social, engulló cuanto estuvo a su alcance, eructó en su cara, e ingirió tanto vino de consagrar, que se temió, colapsare los barriles de roble, de la cava del castillo de Guadalquiver, y cuando no quedó ni gota, pareció deleitarse, aspirando el tufo de los borrachos, ya caidos, que le rodeaban.
Al rato, dirigiéndose al “cuarto cuarto”, que el anfitrión le ofreció al verle en tal estado, echóse sobre un lecho allí dispuesto, y no sin antes vomitar en el piso, quedóse profundamente dormida, tal como lo evidenciaba el estruendo de sus ahogos, flatos y ronquidos.
En vista de la oscuridad reinante y del peligro que en esa época representaban los del clan del “octavo amor”, que por allí merodeaban, el “Barón de la Salamanqueja”, quién no había probado el licor, pero quién permanentemente vive ebrio de excitación, propia de los artistas como él, viose en la necesidad de pasar al inodoro, compartido con la criatura huésped del “cuarto cuarto”, entrando allí, con tal fin y sin hacer ruido, en el ya penumbroso recinto.
Grande fué su sorpresa al encender la luz, ver a escasos metros de él, a esa enorme y voluptuosa criatura blancuzca, redondeada, grotesca y de respirar jadeante, en medio de los humores de sus propios desechos, fruto de las atenciones, a su manera devueltas, quién yacía boca abajo y totalmente desnuda, y no obstante el abultado tamaño de esas inmensas moles de carne y grasa, que eran sus nalgas, una masa peluda y de aspecto pegachento y húmedo, alcanzábase a ver, yaciendo en medio de sus piernas, asemejándose al parto de un bisonte, naciendo de en medio de las columnas de un templo antiguo, ruinosas por las celulítis, que como un moho, por doquier, les cubría.
Presa de la curiosidad, más no del deseo, imposible de despertar ante tal engendro de la naturaleza, atraido por esa vida intensa, que sabe, se esconde detrás de lo grotesco, y experimentando una extraña delicia, al pensar que la naturaleza, tanto como el arte, crea sus propios monstruos, el maestro se acercó al ser allí dispuesto, que se notaba vivo por los estertores y los humores, pero aparentemente muerto, para las vanidades del mundo, en medio de su alcohólico sopor.
Acostumbrado como estaba a la sordidez de lo grotesco, de lo que se surte en parte su obra artística, no experimentó repulsión ni asco, pero cual sería su asombro, cuando aquella mole se volteó, y abriendo descomunalmente su único ojo vivo, le miró fija y sensualmente, y sonriéndole, le invitó a que se le acercase, y cuando lo tuvo a su alcance, estiró su manaza, cual la de un conductor de bus urbano buscando la palanca de cambios, alcanzando las partes nobles del Barón, que hallábanse expuestas, dada la proximidad del minguitorio a donde se dirigía.
¡Allí si encontró nobleza!; es que la nobleza del maestro hallabase oculta, si bién era “vox populi” entre la comarca, el tamaño de su gran virtud. A veces la naturaleza actúa de lado a la razón, y ante tal apretón, la nobleza del barón, hizose notar en todo su esplendor, y a manera de contraprestación, quisole acariciar las nalgas a tan grande animal, encontrándo allende del camino, las enormes y húmedas moles de carne palpitante, cubiertas de una colcha felpuda y húmeda, en las proximidades de ese culo de gran tamaño y profundidad abismal.
En ese momento el barón de la Salamanqueja, aterrado, entendió el error que acababa de cometer y de un salto, retirose en el acto, haciéndo que la criatura despreciada, se encolerizara al sentirse rechazada, y empezara a vociferar, despertando al Conde Dracoi y a su Lady Claudell, quienes profundamente dormían, después de una larga noche de pasión, quejándose de haber sido violada, o por lo menos, que lo habían intentado, e incriminando con su versión “al maestro”, a quién presentó como un “¡coge nalgas abusivo y sádico!”, si es que a eso se le pueden llamar ¡nalgas!
Ante esta ignominia cometida contra él, en la que el lobo feroz se convierte en la caperucita ultrajada, y ante la evidencia contra él presentada, dada su presencia en el sitio de los hechos y su nobleza, a los ojos expuesta, el “maestro” no tuvo más remedio que callar, lo que causole por años un terrible malestar, empeorando su vergüenza y pesar, cuando se enteró, que la morsa en cuestión, habíale contado a su también amigo, el Hidalgo Caballero Don Sancho de la Cadena y Mantilla, su propia y mentirosa versión, dado que la imágen que de él tuviera Don Sancho, era muy cara y preciada para su reputación y para su portafolio de inversión.
Desde entonces sus noches fueron insomnes y no eran calmadas ni por la lectura, ni por la autogratificación y la pesadilla de tal situación, no hacía más que aumentar su desasón y hacia crecer en su corazón, un sentimiento opuesto al placer, y era el de la frustación, que hacíale sentir impotente, mezquino y ruín.
Su vida cambió, un nuevo rumbo tomó y dedicose a la ecología y a tratar de salvar especies en peligro de extinción y a visitar psicólogos y psicoterapéutas, que le ayudasen a entender, sino a olvidar, el porqué de su fisiológica reacción, ante tan obscena y horrorosa estimulación, porque él es un barón muy varón, y antes que varón, el maestro es todo un caballero, así no se encuentre en presencia de una dama.
Esta terrible experiencia parecía haber dejado de mortificarle, hasta que hace unos pocos días un episodio bizarro, en su momento deleitoso, vino a revivirle su perturbación.
Y es que ocurrió que una tarde de la última primavera en flor, en la que se encontraba visitando algunas de las especies de árboles reforestados por él, en la rivera de la cañada de la Carbona, en la comarca de Guadalquiver, divisó, sin pretender hacerlo, una escena erótica, que le dejó de una pieza:
El jóven childe Yuyoy, apodado el “Ceniciento”, casi hijo adoptivo del Conde Dracoi, hallábase desnudo sobre las grandes lajas de piedra de la cascada, excitado y totalmente viril, en toda su magnífica juventud y a pleno sol, ofrendando inmenso placer a una manceba ordinaria, de las del vulgo del lugar, mientras que a escasos metros de tamaña acción, el Chapulín desaplicado, hemano medio del señor Conde, descomplicado mancebo hermoso y por la naturaleza exquisitamente premiado, caribonito bueno casi para nada, y a quién encantábale pasarla de primera, con mozas de tercera, con inusitado vigor, proporcionábase solitario placer, mientras embelezado, les observaba con pasión.
El Barón de la Salmanqueja, acostumbrado a respirar en los más rancios ambientes, quedose, por primera vez sin aliento, y huyendo de la escena, perseguido por Toño, un fiero y negro mastín, que custodiaba al trio de amantes en cuestión, corrió a donde el Conde, su señor, a contárselo todo; a fin de cuentas era él su noble escudero y lo visto inmiscuía a su casi hijo y a la carne de su media carne.
Este acto impulsivo, de contarlo todo, se convirtió en una gran imprudencia de la que después se arrepintió, dado que el Conde Dracoi, a quien ningún placer parecía molestarle, ni mucho menos perturbarle o escandalizarle, y a los que jamás intentó juzgar, y mucho menos en esta ocasión, no solo se rió de la escena relatada, sino que se lamentó de no haber estado allí para disfrutarla, y luego se la contó con lujo de detalles a su vecino, el noble Hidalgo Don Sancho de la Cadena y Mantilla, llenando al “maestro” y fiel escudero, de un inmenso sentimiento de vergüenza y de frustración tal, que lo destruyó psicológicamente, pues a lo mejor el noble hidalgo Don Sancho pudiese malinterpretar los hechos y pensar que El lo habría planeado todo, que lo allí ocurrido no hubiese sido observado por casualidad, sino que fuere fruto de su provocación, y reviviendo la pesadilla de la “morsa de los melones”, convencido que el noble hidalgo de su decencia y compostura, otra vez dudara y de que, como corruptor de menores, o algo peor le considerara, enloqueció, y la persistencia obsesiva estas ideas hizo que mas se perturbare, y en ese estado, disociado, la complicidad y la amistad con el Conde Dracoi, su señor, a partir de ese momento, y quién sabe hasta cuando, furioso, liquidó y tierra de por medio colocó, pues al castillo de Guadalquiver, nunca volvió.
Y desde entonces el Conde Dracoi aburrido y solo en su castillo, por un tiempo quedó, no mucho, porque conocía bién como desaburrirse, y sabía bién, que solo la gente inculta y superficial, es la que necesita años para quitarse de encima una mala emoción y son los débiles, quienes la vuelven frustración, y el Conde Dracoi, práctico pensador, se libra de una aflicción, con la misma velocidad con la que se inventa un nuevo placer, porque entiende que el secreto universal para ser feliz, es aceptar las cosas y las personas tal y como son, y no como quisiéramos que fuesen, y que se debe colaborar incondicionalmente, con todo aquello que no se puede cambiar y que es mejor aceptar. También sabe el Conde que la esencia de la creación artística la constituye cierto conflicto o tensión interna y que cada artista debe ofrecerse como rehén de sus propios conflictos.
Y el barón de la Salamanqueja, desde su autodestierro, como despedida, al cabo del tiempo, temeroso de que el Conde buscase otro escudero, que no tuviese tanta nobleza como El, una profunda y sentida misiva, aconsejándole se cuidase de quienes le rodeasen, le envió:
“Ojalá que Usted, Conde Dracoi, limpie la cera de sus oidos, para que pueda escuchar los ruegos y consejos de la gente buena, que es la que le dice la verdad, y los rumores y chismes de la gente mala, que se la quiere ocultar, ocupados los primeros en limpiarle de la basura, que le han echado los segundos con sus intrigas y envidia, disfrazadas de risa socarrona y de “amistad desinteresada” e incondicional.
Quiera Dios que Usted sepa alejarse de los contemporizadores hipócritas, que nunca se aparten de la norma del bien decir... que sea decir siempre bien de Usted, señor Conde, buscando endiosarlo, solo para que se aliene y aleje de la realidad y no les vea sus malos actos, y sin freno, se dediquen a hacer lo que mas saben: ¡al abuso y al desmedro!
No tema a la crítica, acéptela y convóquela, que si su obra es buena, resistirá y al final de todo, se fortalecerá.”
¡Y tililín, tililán, este cuento termina ya!, y cualquier parecido de los personajes con seres de la realidad, es solo coincidente con sus conciencias, que son la propia medida de sus egoísmos, y que toda la responsabilidad por lo aquí plasmado, recae en cabeza de su “AUTOR”, así él no se lo haya inventado todo, pues está basado en la realidad, y de paso agradezco a aquellos seres de carne y seso, quienes me permitieron, cambiándoles el nombre, volverlos personajes tan coherentes, que en verdad, parecen de ficción.
MORALEJA:
“Mírese hacia adentro y descubrirá las guaridas de los monstruos que le torturan y conociéndoles, aceptándoles y perdonándoles, Usted mismo se conocerá y también se perdonará, y al hacerlo, se aliviará, porque tanto como los grandes ideales y los grandes acontecimientos, los grandes pecados solo tienen asiento en el cerebro, el cual al saberse liberado de prejuicios, temores y culpas, queda en perfecta armonía consigo mismo y con el mundo y preparado para el goce y el saber, que son el verdadero placer, tanto en el sentir, como en el pensar , el decir y el actuar”.
¡Lo importante es estar compensado y sentirse siempre bién con uno mismo!
ALVARO GERMAN NIÑO RIVERO.
Santuario de las Vírgenes Adoratrices del Culto de Santa Tigris.
VILLA FIORELLAPOLIS.
GUADALQUIVIR. FLORIDABLANCA, 20 de Abril 1998

2. Acúsome Padre.
Una pausa en la jornadaQuerido(a) amigo(a):
Comparto con Usted un cuento corto, que no es más que eso, un cuento, como son cuentos, muchos de los que se oyen por esta región y cuyos personajes son fruto de la imaginación y no sobra aclarar, que cualquier relación o similitud con la realidad es pura coincidencia, pero sus enseñanzas y moraleja nos pueden hacer reflexionar a conciencia, acerca de la idiosincracia de muchos coterráneos, que o nunca han leído los Proverbios de las sagradas escrituras, (Colección de dichos de Salomón, Caps. 10.1-22.16), o si lo han hecho, los han, consciente o inconscientemente olvidado, pero de cuya sabiduría no cabe la menor duda, o si no, qué podemos decir de éstos:
“las palabras del justo son fuente de vida, pero al malvado lo ahoga la violencia.”
“el justo dice solo cosas agradables, el malvado, solo cosas perversas.”
“el imprudente habla mal de su amigo, el discreto guarda silencio.”
“la lengua amable es un árbol que dá vida, la lengua perversa hace daño al espíritu.”
“el perverso provoca peleas, y el chismoso, enemistades”.
“el justo dice solo cosas agradables, el malvado, solo cosas perversas.”
“el imprudente habla mal de su amigo, el discreto guarda silencio.”
“la lengua amable es un árbol que dá vida, la lengua perversa hace daño al espíritu.”
“el perverso provoca peleas, y el chismoso, enemistades”.
ACÚSOME PADRE

Las lozas del piso del templo, desgastadas por el paso, de miles de pasos de feligreses, parecíanle a Cuasimodo más verdes, juntas, viejas y sucias que nunca, tal vez por su andar lento y pesado, y por la enorme carga moral, que en ese momento, soportaba sobre sus corvas y gibosas espaldas, porque sabía que era un ser que se pasó la vida hablando mal de los demás, inventando chismes y calumnias, en fin, haciéndole el mal a todo el que conocía, que de tanto haber buscado e inventado de la vida ajena, no tuvo tiempo de darse cuenta que la suya era una inmundicia.
Había tomado la decisión, curiosamente estando sobrio, de acudir al templo, pués su cuerpo maltrecho, mostraba cada vez más, las huellas de los excesos cometidos y de la turbidez de sus sentimientos, y harto ya de achacar su actual y deplorable estado, a las circunstancias y a los demás, se había dado cuenta, durante los padecimientos de su último cólico, que era él, el causante de sus males y de la hediondez que dejaba a su paso.
El templo estaba casi vacío, a lo más un par de beatas y el pordiosero de la puerta, el mismo de la lepra pasmada, pero Cuasimodo pasó sin notarlo, a fin de cuentas, ya eran del mismo bando y ambos tenían el cuerpo y el alma, cubiertos de llagas. El calor húmedo de los últimos días parecíale más sofocante que nunca, y con rabia mezclada con desesperanza, siguió avanzando hacia el confesionario del fondo, allí donde la luz era menos intensa, en camino hacia la parte más húmeda y oscura, como lo hacen las cucarachas.
Alcanzó a ver que detrás del raído velo ribeteado del confesionario, estaba un anciano sacerdote a quién no pudo reconocer, y del que solo se fijó, llevaba sandalias amarradas con esmero a sus tobillos; trémulo se acercó al escaño de madera bajo la ventanilla lateral, cubierta con anjeo oscuro y algo desteñido por los pecados que había, por siglos, escuchado, y algunos perdonado, y de un solo golpe dejó desplomar su pesada y corva humanidad, cayendo de rodillas, haciendo que su silueta en esa posición, pareciera la de un enorme huevo de tortuga, blancuzco, redondo y abollado por todos lados.
Solo recuerda que el sacerdote le acogió con voz serena y cálida, mientras que él a manera de un graznido solo pudo decir: “ACUSOME PADRE,” y quedose callado y respirando con dificultad; un nudo hacíase en su garganta, la cual creía acostumbrada a todo, pero esta hiel amarga que le invadía, era más fuerte que cualquier licor.
Pasaron algunos segundos que pareciéronle siglos, hasta que el venerable sacerdote le ayudó con sus amables palabras, que le invitaban a la confianza y a la confesión de boca, así fuera en su caso, sin análisis de conciencia, ni contrición de corazón, pués ni de la una ni del otro quedábanle ya, pero en medio de su absoluta brutalidad, sabía que lo que absuelve, es la confesión y no el cura.
ACUSOME PADRE de ser un hombre despreciable quiso decir, pero no pudo, su orgullo le impedía ser honesto aún consigo mismo y acto seguido pensó en inventarle al cura un cuento como el que le echaba a todo el mundo, desde al taxista hasta al cliente habitual del mediodía, “que de no ser por un robo o por el boleteo de la guerrilla en su hacienda, estaría allí para hacer una donación para reconstruir el alcantarillado de la parroquia”, pero las nuevas palabras del confesor le impidieron comenzar su diatriba fantasiosa de riquezas enormes, pasando más bién a relatar sus innumerables miserias.
Contole al hombre detrás del anjeo, acerca de los maltratos que sufrió en la infancia y como tuvo que trabajar desde muy jóven, de como se aficionó a los vicios del alcohol y de las peleas, y de como por ellos terminó alcoholizado, herido y preso; de como su nivel cultural bajo, de machista embrutecido, no le permitió ver en el sexo más que un acto animal, brutal y sin una pizca de sensibilidad ni de responsabilidad y de como lo usó mediante engaños continuados y crueles, embabucando ingenuas mujeres, para engendrar hijos que no vino a conocer, ni que decir que reconocer, sino por casualidad, muchos años después.
Dijo que cayó en lo más profundo del bajo mundo, que frecuentó pícaros, tahúres, borrachos, amores mercenarios y relaciones por interés, que no fué capaz de culminar sus estudios, que mantuvo una doble moral y una relación extraconyugal por años, acabando con su matrimonio y con el patrimonio de su esposa cuando la dejó; que salió mal librado del banco donde trabajó y que luego, haciendo gala de un cinismo enorme se aprovechó de la necesidad de muchos, para hacer un capital, por medio de la usura, para luego volver a perderlo, al ser él mismo, víctima de los altos intereses de mora.
Pero había algo que no podía confesar, algo que era más duro de sacar, algo que produciría, cuando reventara, más sufrimiento que los cólicos a los que ya casi se había acostumbrado, y era el tener que reconocer, que no amaba a nadie, ni siquiera a sus propios hijos, a los que nunca deseó, ni con los que compartió, ni su infancia ni juventud, porque ni siquiera los conoció hasta que ya estaban formados, y a los cuales no pasó de apoyar materialmente, repartiéndoles algunas monedas, de las que en una época le sobraron, tal vez lo único, además de grasa, orgullo y vulgaridad, que tuvo de sobra.
“ACUSOME PADRE de no haber querido a nadie, porque ni siquiera me he querido Yo”, quiso decir pero no pudo. Solo esperaba que un cataclísmo acabara con todo lo que le rodeaba y así terminar con su frustración y que se acallara esa rabia, que a toda hora le carcomía las entrañas y le acompañaba en sus insomnios; pero de nuevo y ante su silencio, el confesor le ayudó reconfortándolo y convidándolo a continuar con su limpieza interior, y Cuasimodo, tomando algo del húmedo y enrarecido aire que le rodeaba pudo continuar...
Pudo decir que la envidia por el bienestar y la prosperidad de los vecinos le invadía, provocándole un intenso pesar por el bién ajeno, que no podía soportar personas felices a su alrededor y que incluso los momentos dichosos de sus hijos le generaban intensos accesos de ira y de violencia que no podía reprimir, y que en estos trances no le temblaban la voz ni la conciencia, ni pensaba en las consecuencias del mal que hacía, con lo que decía.
También pudo reconocer que tenía una hija especial, con una enorme capacidad de ternura y una inteligencia prodigiosa, y cuyos niveles superiores de sensibilidad y cultura la hacían totalmente distinta de El, que no la podía valorar ni en público ni en privado, ni la había abrazado jamás, porque la consideraba fea, gorda, fofa, parecida a él, y por ser mujer, indigna de ser querida por alguien a, menos que ella fuese un mero objeto de satisfacción sexual sin costo ni consideración, como él en su juventud consideró a todas las infelices, que en su camino se cruzaron.
Menos trabajo le tocó reconocer que tenía también un hijo, de su carne más no con su nombre, que aunque también le causa enojo, porque le toca mantenerlo, en el fondo le simpatiza, porque le recuerda lo peor, pero lo mas divertido de su ya lejana juventud; lástima que sobre su espejo se hayan sembrado tan preocupantes dudas, de identidad, de género, oficio y quizás de incesto, que le mortifican cuando se emborracha y cuando no.
También pudo recordar que comparte su vida con una mujer calculadora, fría y brava pero trabajadora, quien fuese “la otra” cuando estaba casado, con quién no comparte el lecho y de quién no quiso tener hijos, ya que cuando se lo engendró, se lo sacó, y de quién sabe, debe el bienestar económico pasado, y lo poco que aún le queda, que tal vez la tolera porque en ella vé una imagen maternal y proveedora, y es que para él la única mujer que no es indigna es la madre.
Pero esta mujer también carga su historia de sufrimiento y de frustración, y su carácter fuerte que es su mecanismo de defensa, tórnase agrio con facilidad, siendo muy susceptible a las opiniones de su familia y amigas, especialmente a las de su hermana, madre del sobrino querido, a quien ya no puede ayudar, y quién si bién tiene muchas virtudes, es una madre soltera y solitaria, moralista y amargada, que le envenena el ánimo con sus cuentos, motivados por la envidia que le produce que ayude a los hijastros y no al hijo de ella, quién al fin de cuentas es el que lleva la misma sangre, lo que le hace afirmar ante propios y extraños, que su hermana con esas criaturas, está pagando un terrible karma, influyendo sobre sus sentimientos, llevándole a tomar posiciones extremas e intransigentes y a juzgar a los demás con una severidad y una parcialidad tal, cayendo en el engaño de sus propios tormentos, en especial cuando a la “carga” que son sus hijastros se refiere, que comete injusticias y agravios, olvidando que cuando señalan a los demás con el índice acusador, tres de los demás dedos restantes apuntan hacia ellas, y el otro hacia el cielo.
También tuvo, por el curso que había tomado el relato, que confesar, que motivado por bajos instintos y por la envidia, había involucrado a unas personas cercanas por amistad, a la familia de su mujer, quienes no merecían más que un trato decente de su parte, puesto que ellos y su familia, le habían brindado su amistad desprevenida y sincera, en una maraña de chismes, y suposiciones bajas, maledicentes y malintencionadas, con la única finalidad de demeritarles y así creer, que podía recomponer su orgullo y su egoísmo maltrechos, por lo que consideró una violación a su propiedad privada, en la persona de su hija, en medio de unos hechos inocentes y totalmente propios de la juventud y de la época actual, sin haber pensado, que con estas aseveraciones, lo único que hacía era proyectar en el prójimo, parte de la podredumbre que alberga en su interior; pero lo hizo consciente de que le permitía obtener una ganancia secundaria, al inventar una justificación, supuestamente moral y presentable ante la sociedad, para echar a su hija de la casa y retirarle el apoyo económico, que hasta que terminase sus estudios era su obligación, cosa que en realidad hizo, liberándose así de “esa carga”.
Pero nada que podía confesar la raíz de tanto infortunio, ni de tanto daño hecho a todos los que en su vida le han rodeado, en especial a sus hijos, que ya no viven con él y si le piensan, lo hacen con desamor y horror, y es la terrible realidad de que él no quiere a nadie, porque no se quiere ni a si mismo; varias veces intentó hacerlo, pero de su garganta solo salían gruñidos, que al aumentar de intensidad, parecían los rugidos lastímeros de una bestia acorralada.
El sacerdote viendo la dificultad del hombrecillo postrado a su lado, quiso seguir apoyándole para que continuara con esta terrible confesión, que podría liberar su alma de tanto rencor, pero no consiguió más que aumentar su ansiedad y el volúmen de los bramidos, que ahora emitía y que se escuchaban en toda la nave del sofocante, oscuro y vacío templo, entre los cuales solo podía medio entenderse, que incluso había intentado intimidar con disparos al aire a sus vecinos, pero que solo había aumentado su frustración, el hecho de que no parecieron asustarse en lo más mínimo, haciéndole sentir como a un perro que solo ladra, pero no muerde.
Presa del desasosiego, vínole un cólico, más fuerte que de costumbre, pero ya no en la ingle, sino en medio del pecho y se desplomó, rompiendo con su enorme cabeza sin cuello, el piso de color verde, que poco a poco se iba tornando rojo.
El sacerdote intentó levantarlo pero su descomunal peso se lo impidió, así que en vista de la gravedad de su estado, decidió aplicarle los santos óleos y rogarle, que por la salvación de su alma, confesara esta terrible verdad que le había llevado al borde de la muerte y Cuasimodo, apenas con un susurro audible colocando la oreja cerca de su boca, con un rictus de amargura, comenzó a decir entrecortadamente. “ACUSOME PADRE DE QUE YO NUNCA....”, y en medio de un acceso de vómito, asfixiándose, expiró, sin haber entendido que “el amor que no se dió en el más acá, será el sufrimiento eterno en el más allá.”
Afligido(a) lector(a), me pregunto cuantos Cuasimodos, presa de la rabia, de la frustración, de la envidia o del orgullo conocemos, o si nosotros, no somos de una manera u otra uno de ellos; lo invito a hacer una reflexión profunda y a cambiar de actitud y a perdonarse de una vez por todas, para así poder amar, valorar, respetar y servir a los demás, para no tener que acompañar a Cuasimodo en el infierno, que de todas formas ya había vivido en la tierra.
Que esta historia, tan real, nos haga reflexioner que nunca debemos olvidar , QUE FUERON LOS FARISEOS, HIPOCRITAS, QUE VEÍAN LA PAJITA EN EL OJO DEL PROJIMO Y NO LA TRANCA EN EL PROPIO, LOS QUE CRUCIFICARON A JESUS , que quién tiene rabo de paja, no se acerque a la candela, que a veces la realidad supera con creces a la ficción, y que pocas cosas hacen más daño que los chismes porque acaban para siempre con el buen nombre y la honra de los demás.
Como moraleja y en conclusión debemos tener muy en claro que:
En el momento en que el hombre pierde su esfera privada, pierde también parte de su libertad, porque el derecho a la intimidad es una manera de preservar la libertad de desarrollar su propia personalidad, derecho inalienable de todo ser humano.
Amigo(a), le deseo un resto de día formidable y sereno, alejado de envidias, culpas, chismes y maledicencias.
ALVARO GERMAN NIÑO RIVERO.
SANTUARIO DE LAS VIRGENES ADORATRICES DEL CULTO DE SANTA TIGRIS Y DEL GRAN SAN GUINEFORT.
VILLA FIORELLAPOLIS –
GUADALQUIVIR – FLORIDABLANCA.
ABRIL 10/99

3. Alejandrina y el novillo.
A mi adoradas hija y nietos y a todos los niños del mundo....
Muy especialmente a la hija de mi gran amiga Dra. Diancy Capella.
SERIE:
“ALEJANDRINA Y EL NOVILLO”.
Había una vez, en un hermoso paraje llamado “Montefiore”, una moza bajita y bonita, a la que todo el mundo quería y llamaba Alejita, pero más la conocían como “Delantancito negro” porque se colgaba de su seno un pedazo de plástico de ese color.
Alejita o sea, Delantalcito negro era muy buena y trabajadora; ganábase la vida lavando y planchando la ropa de sus amigos, adoraba a sus dos hijitos, pero tenía un cariño especial por su novillito, un Holstein blanquito y negrito que le había comprado Facundo, su hermanito.
Todos los días Delantalcito negro enviaba a sus hijitos a la escuela y luego sacaba a “Pipo”, su novillito a pasear, del cuello amarrado con lazo, moño y cintón y los dos, Pipo y Delantalcito, a veces delante, a veces detrás, bajaban danzando y cantando, cada uno a viva voz y por el camino, al verlos pasar, la gente a su paso solía cantar..... “Novillito, novillito, de lazo y moñito, a dónde vas a pasear.... lilililí, lilililá; novillito, novillito a dónde vas, arrastrando a Delantalcito, de adelante hacia atrás, de adelante hacia atrás.... lilililí, lililililá”; y esta cancioncita pronto se hizo muy popular.
Pero, había una malvada vieja, fea y envidiosa que se moría de celos y de dolor al ver a Alejita cantar y con Pipo pasear y bailar, pues ella era incapaz de soñar, querer y danzar; por eso, un día no se aguantó más y aprovechando que Delantalcito negro estaba lavando y planchando, a Pipo, su tenerito, se le fue llevando.
Y he aquí que Delantalcito sin su ternerito no cesaba de llorar y nada la podía consolar; ni grandes ni niños algo conseguían al intentar su dolor mitigar.
Pero, en una casita bonita y muy limpia, de paredes de ladrillo rojo, un lago con peces y muchos jardines floridos, vivía una linda niñita, valiente y juiciosa a quién todos querían y admiraban por su belleza, inteligencia y bondad, quién al igual que Diancy su mamita, no podían permanecer quietas ante tanta injusticia y les importaba el dolor de su amiguita, quién no cesaba de llorar y llorar.
Y María José, así se llamaba esta linda niña, se disfrazó de mercader de ganado y con bigote, patillas, zamarros, poncho y carriel, de a caballo se fue de casa en casa por la vereda de Malabar, corriendo la voz de que compraría, a muy buen precio, un novillo gordo y peludo, siempre que blanco y negro fuera y que moño, lazo y cintón al cuello tuviera.
Resulta que la malvada vieja al oír tamaña insinuación, creyó que la solución al problema del novillo encontrar y de paso una fortunilla lograr, para cielo y tierra comprar y llamando a nuestro mercader, negocio al instante quiso hacer... “ ¡¡¡ MERCADER, MERCADER, venga, que un novillo grande le vengo a ofrecer y es mi deseo a Usted vender !!!...”
Y María José de mercader disfrazada, al a Pipo ver, en el acto vino a reconocer y negocio con la envidiosa malvada hizo del “TODO NADA”, poniendo como condición que se lo llevara cerca al matadero de Florida, su población, a la hora y dirección bien señalada.
La malvada la propuesta aceptó y temblorosa de júbilo los datos anotó y al Pipo a Delantalcito raptado, allí en el acto llevó, con tan mala suerte que la comisaría de policía fue lo que encontró y en donde María José, ya sin disfraz, con un puñado de agentes cayó sobre la rapaz y de esta forma castigó su envidia y maldad y al Pipo, a su dueña, sano y salvo devolvió.
Ahora todo en Montefiore es felicidad y todas las tardes y mañanas, al ver a Alejita con Pipo pasear, la gente contenta, a su paso vuelve a cantar....”Novillito, novillito de lazo y moñito; a dónde vas a pasear ?....lilililí, lilililá, novillito, novillito arrastrando a Delantalcito de adelante hacia atrás, lilililí, lilililá, lilililí, lilililáaaaa......
Y así, gracias a la bondad y valentía de María José, Delantalcito negro volvió a cantar y a sonreír.
Y TODOS LOS BUENOS FUERON FELICES, LILILILÍ, LILILILÁ, LILILILÍ, LILILILÁ, este cuento termina YA...
Dr. ALVARO GERMAN NIÑO RIVERO
MONTEFIORE - MALABAR
FLORIDABLANCA 07/ 11 /2.007






